Nocturnos

La sola mención del título de esta muestra inevitablemente nos lanza a una genealogía dentro del arte moderno: de las pequeñas obras para ser interpretadas en reuniones nocturnas a las composiciones libres y sugerentes cultivadas por los románticos y otros músicos del siglo XIX como Satie o Debussy; del Nocturno en negro y oro de Whistler como especulación sobre las armonías y resonancias del color a las radicales pinturas de planos negros sobre fondos negros realizadas por Ad Reinhard; de las aventuras nocturnas narradas por Girondo en Interlunio a las conversaciones sobre el amor cuando la vida declina en Cae la noche tropical de Manuel Puig. Sin embargo, no se trata de encontrar la génesis de las obras expuestas en un linaje que forma parte de un imaginario ampliamente compartido o del patrimonio disponible para la consideración y apropiación de los artistas contemporáneos. Más bien la peculiaridad de estas obras habría que hallarla en los procedimientos experimentales que la autora pone en juego al procesar digitalmente dibujos tan diferentes como siluetas esquemáticas en blanco y negro y planos de texturas coloreadas que, curiosamente, devienen en unos diseños con formas aserradas muy próximas al expresionismo abstracto de Clyfford Still. Las mismas, vueltas a procesar, generan sobrias composiciones de borde neto que finalmente, mediante una radicalización del mecanismo, dan como resultado formas exentas similares a las pinturas geométricas con marco recortado realizadas por Kenneth Noland y, más cercanamente, por los artistas del movimiento Madí. Pero es preciso señalar que sólo se trata de convergencias y de similitudes formales con artistas y estilos pictóricos de la segunda posguerra que devienen de una forma singular de experimentalismo cuyos corolarios, como es de rigor, no se pueden prever. Si bien algunos de esos bocetos –donde se combina la manualidad del trazo a mano alzada con la rigurosidad de los programas digitales– fueron pensados en color otros devinieron desde el principio en blanco y negro: una reducción cromática que definió la elección de las telas con las cuales se materializaron las composiciones de una serie de obras que podría leerse, por qué no, como una cinta continua de paisajes. Una visión de los polos donde, sobre el telón oscuro de la noche eterna, resalta el contorno zigzagueante de la nieve con su blancura resplandeciente y unos ángulos cerradísimos como cristales de hielo. El collage textil, recibe en este caso un tratamiento similar al que tradicionalmente se ha dado a la pintura: puestas en un marco rectangular con vidrios que las presionan, las telas exhiben arrugas y movimientos que paradójicamente se convierten en un llamado de atención sobre su morbidez esencial. Más allá de estas tensiones y paradojas, más allá de los procedimientos gráficos y digitales de los bocetos que originaron estas formas, el enorme tapiz que flota en la habitación contigua parece la negación de austeridad y reduccionismo cromático de los paisajes helados y nocturnos. Aquí, el rencuentro con unas pinturas realizadas en témpera fue el punto de partida de una obra que, materializada con telas, confirmó la continuidad de una paleta de colores desaturados y terrosos –tonos resueltos ahora mediante la cuidadosa elección de géneros, a veces superpuestos, para lograr efectos quebrados como si se mezclaran pigmentos fluidos–. También la continuidad de una complejidad compositiva que, expresada en una estructura libre y fantasiosa, podría igualmente leerse como la versión de un paisaje de floresta cuando se avecinan las sombras, o, para decirlo con las bellas palabras de invocadas al principio, como cuando Cae la noche tropical.

                                                                                                                                    Guillermo Fantoni / Rosario, febrero de 2020

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